El despertar

stargirl

Ha estado dormida y hoy vuelve de un viaje intemporal. Su peso ha doblado la hierba. El calor del Sol abrasa su cuerpo desnudo y en su mente nota la fina capa de sudor que la cubre. Algo pequeño camina sobre su pierna, una hormiga tal vez, que le provoca una sensación de leve cosquilleo. Inspira profundamente y siente sus pulmones llenarse de aire seco y entonces huele. Percibe el fuerte aroma de la tierra negra y lo refrescante de la hierba sobre la que se encuentra. Luego, escucha por primera vez. Poco más que el susurro de la brisa y el murmullo distante de un río. Se incorpora y se sienta, allí donde se encuentra.

Hasta ahora no había abierto los ojos, despertó su mente y luego sus sentidos uno por uno, en sucesión. Le llegó el turno a la vista. Despegó los párpados poco a poco, no sabía hace cuanto tiempo no lo hacía pero parecía casi haber perdido la práctica. Cuando por fin vio, no vio nada de lo que había sentido, olido o escuchado antes. Al menos, no de la manera en que creía recordarlo. Al abrir los ojos sintió el calor del Sol alejarse de inmediato. La tierra sobre la que estaba era el vacío del espacio. La hierba, pequeños filamentos de luz. A lo lejos el Sol era blanco y notó a la Luna que era azul. Con algo parecido al temor pero sin llegar a serlo, alzó la mano para verse a sí misma. Su cuerpo era transparente y un extraño resplandor blanquecino marcaba su silueta. Las gotas de su sudor eran pequeñas estrellas flotando en el espacio, algunas se juntaban en su pecho y caían al vacío como lluvia. Su cabello flotaba y brillaba radiante como una nebulosa.

Se puso de pie, mientras el frío de la nada se hacía cada vez mayor. Sólo el Sol flotando a lo lejos ofrecía una promesa de calor. Caminó hacia él y notó que cada paso de sus pies provocaba una onda de luz que viajaba en todas direcciones. La hierba de luz temblaba con cada pisada y las estrellas, infinitamente distantes, pulsaban a su ritmo. A medida que se acercaba al Sol éste se hacía más pequeño, aunque no perdía su calor y ella poco a poco lo podía sentir cada vez más. Notó mientras caminaba que la Luna, al igual que ella, parecía dirigirse al Sol. Pronto descubriría que no se equivocaba.

Finalmente llegó hasta el Sol, que ante sus ojos se había transformado en un hombre, si acaso se puede llamar hombre a un ser hecho de luz. Sin más, él tomó su rostro entre sus manos y la besó, pronto llevó su brazo alrededor de su cintura. Era una escena curiosa, un ser de luz besando a otro hecho aparentemente de nada. Ella podía sentir su calor rodearla, su fuego entrar por su boca. La Luna, que se había transformado en mujer, llegó en ese momento y, para su leve sorpresa, se unió a ambos en el beso. La sensación de sus labios era muy diferente. Sin duda no tenía el calor de los del Sol pero había mucho de sabio y de eterno en su presencia. Era la templanza para la pasión del Sol, la calma para su caos.

Ella llegó antes que la Luna pero supo de inmediato que era ella la invitada. El Sol y la Luna son eternos y están eternamente unidos. De aquel beso con uno y otra derivó algo más. Por largo rato hicieron el amor el Sol de fuego, su Luna de hielo y ella, una mujer hecha de espacio vacío, estrellas y nebulosa. Los dioses le hicieron un regalo, sentirlo todo al mismo tiempo, saberlo todo al mismo tiempo. Le permitieron ser una de ellos. Podía ver el universo entero sin necesidad de abrir sus ojos. Podía ver atrás en el tiempo hacia el origen y adelante hacia el futuro. Mientras yacía con ellos, el Sol y la Luna la llenaron de sí y por un instante ella fue ambos. Finalmente se quedó dormida, al lado de sus anfitriones.

Ha estado dormida y hoy vuelve de un viaje intemporal. Su peso ha doblado la hierba. El calor del Sol abrasa su cuerpo desnudo…

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